Cisne negro: un baile desconocido

Una obra que no deja indiferente a quien tenga el valor de adentrarse en mundo de fantasía bañado en realidad. Un baile elegante, sutil, repleto del blanco que emana de la propia protagonista en cada detalle de la obra. Además de una feroz crítica al compromiso, a la autoexigencia y a lo que se espera de cada movimiento y de cada gesto. La fuerza que se plasma en cada escena, traspasa la pantalla en la que un curioso e intrigado espectador quiere conocer más la verdad a pesar de no estar conviviendo con ella.

Para los aficionados al ballet, para los que disfrutan de las notas musicales y para los que detestan todo tipo de expresión artística. Nada queda en la superficie que esta desconocida estirpe pretende reflejar con cada acto que realiza dejando boquiabierto hasta al espectador más desinteresado.

También se puede sentir reflejado el que tenga una relación autoritaria paternal porque la intensidad de las palabras que bailan sobre la cárcel en la que vive Nina (Natalie Portman) hacen que se quiera destruir ese mundo para que se abra el telón de libertad y esperanza que con tanto fervor se desea.

La sensualidad y la frigidez combaten por el sueño anhelado de presidir y guiar a los súbditos con coraje y firmeza que tanto se pide al pequeño ave que no puede salir de su propio cascarón.

Se puede reflejar cada uno con su historia en sus múltiples espejos que se muestran en este regalo que se nos presenta con obsesión y en ocasiones, con crueldad del mundo del espectáculo. La frivolidad toma el foco principal en cuanto se habla de la perfección y de su costoso precio. La meta de esta dura carrera, transmite un contoneo agridulce porque quien lo ve por la mirilla de la puerta, está hambriento por ver el acto final pero por otra parte, no quiere romper el bello envoltorio ya que, con no tanta perspicacia, uno puede acontecer lo que ocurrirá.

Una vida, en apariencia envidiable, en cuyo eje se sitúa la competitividad y la aspiración por ser la estrella que más brilla, cueste lo que cueste. Como en muchos casos ocurre, la perfección humana es a lo que más se quiere uno acercar pero como en todo cuento con moraleja, todo tiene su consecuencia.

El drama y el erotismo conviven durante estos 108 minutos en los que las palpitaciones del espectador se verán alteradas de forma interrumpida por este oscuro túnel en el que aunque nos neguemos a hacerlo, habrá que cruzarlo para no quedarnos en la orilla de la duda.

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