La belleza esmeralda

El verde y la música se funden en la ciudad cervecera por excelencia. Dublín, con su gente, su espíritu y tradición vikinga, es el lugar donde la lluvia no deja de ser un habitante más que no impide al viajero disfrutar de sus puentes, vistas y rincones inesperados repletos de color que dan una gran bienvenida a todo aquel que se atreva a conocerla.

La alegría y el respeto son característicos de estos simpáticos pelirrojos que con su gran sonrisa dan una grata acogida, ayudan al despistado viajero que lucha contra el viento para sostener el mapa e invitan a ver una nueva forma de ver la vida. Quien se acerque a esta ciudad, vive y bebe como un irlandés más. Se comparte su pasión por el fútbol, su rencor hacia la conquistadora Gran Bretaña y su casi hobby cada noche: la refrescante Guinnes. Este brebaje acaba de pasar los doscientos cincuenta años y sigue conservando su adolescente y pícaro sabor con el que el paladar se traslada hasta la profunda isla esmeralda. Otro símbolo irlandés es la patata que acompaña cada comida y que ellos no dejan de recordar con las historias de las tres grandes hambrunas que sufrieron en el pasado. Adicciones como el café o el tabaco acompañan al buen irlandés durante todo el día. Y nada mejor para el arte, la cultura y también su propia historia, como perderse en las alegres calles del mítico barrio de Temple Bar. La música acompaña este camino en cada esquina donde los propios pubs o improvisados conciertos en plena calle, cuentan leyendas con suaves melodías y peculiares acordes.

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En las calles principales cada mañana, los irlandeses trajeados con su inseparable Ipod se enredan con los jóvenes estudiantes, los privilegiados con dirección hacia el Trinity College. Ambos grupos comparten su paso lento pero decidido. A pesar de estar en pleno corazón del país, no se aprecia un ritmo desbordante, todo lo contrario. El paseo junto al río Liffey con sus múltiples puentes y el lento vuelo de las cientos de gaviotas, llevan hacia las chimeneas más famosas de la ciudad pertenecientes a la fábrica de Guinnes. Pero como no sólo se puede beber cerveza, para entrar en calor, nada mejor que un café irlandés con su legendario whisky en alguna taberna repleta de historia como el café The Celt. Este sitio además se convierte en un gran escenario cuando cae el sol ofreciendo íntimos conciertos regalando sonrisas a todos sus clientes.

Para desconectar, nada mejor como coger una bicicleta y perderse en el parque urbano más grande de Europa, el Phoenix Park. La naturaleza saluda al paseante o ciclista y los ciervos que viven allí en plena libertad, hacen de este lugar algo mágico. Y si se trata de magia además, uno se puede perder en los infinitos arcoíris donde los leprechaun (duendes irlandeses) ataviados con sus mejores galas, saludan con una gran sonrisa y agarrados de sus tréboles, los cuales, inundan todos los jardines o reservas naturales como el de Wicklow. En estos paisajes precisamente, se rodaron películas como Braveheart, El señor de los anillos o Posdata: Te quiero. Lagos preciosos, vistas infinitas y un aire puro que bien aprecian y disfrutan los múltiples rebaños de ovejas que pastan a sus anchas en kilómetros y kilómetros de verde campo. Y si uno quiere seguir disfrutando de los regalos de la naturaleza, nada mejor como los Acantilados de Moher, para airearse y dejarse llevar con una mirada que se pierde en la búsqueda del horizonte. Allí uno es huésped del propio mar, sumiso de su encanto y cae envuelto en su fresco aroma.

Y si se está buscando una excursión diferente con playas, sencillez y largos paseos, nada mejor que coger un cercanías desde Dublín hasta la bahía de Howth donde las simpáticas focas saludan desde el puerto jugueteando entre los barcos y persiguiendo a los curiosos turistas. Faros, senderos y un sin fin de placeres que te hacen sentir parte del paisaje.

Todo pensando para diferentes personas que aman la literatura, el arte, la música, la tradición o simplemente para los aficionados a la cerveza. La ciudad de James Joyce, U2 o The Dubliners, te atrapa por su encanto y humildad. Y si se puede sazonar todo esto con canciones míticas como The Wild Rover, Grace o Whiskey in the Jar, todavía se enriquece más este paseo.

Publicado en La Huella Digital

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