La desdicha de Madame Bovary

Sábado por la tarde. El inestable clima invita a buscar un agradable cobijo que se encuentra en tiendas vestidas de estridentes luces al son de los repetitivos villancicos, de bares con las respectivas cenas de empresa… Pero no sólo se intenta saciar el espíritu navideño. Muchos buscan el calor en pasar un rato bajo el deleite de la interpretación. El Gran Teatro de Córdoba completa su aforo. El público toma asiento, se escucha el suave tintineo que avisa que la obra va a dar comienzo, las luces se apagan y sube el telón.

Magüi Mira se ha encargado de adaptar la obra de Gustave Flaubert de una forma directa, triste y visualmente discreta. Una cama preside la escena cuya catarsis está bajo el dominio de la música y el juego de focos. Ana Torrent da vida a una egoísta, infeliz y derrotada Emma Bovary, cuya desesperación y anhelos contagian directamente al acelerado espectador. La obra transcurre de manera fluida y es al empezar las historias de los amantes Rodolfo y Leon, cuando comienza el verdadero interés.

Además de intentar llenar el vacío por un matrimonio desprovisto de pasión, las distinciones sociales y querer conocer lugares románticos, son los reclamos de una mujer ensimismada en sus lecturas. No es tan lejano este sentimiento hoy, puesto que las diferentes obras que nos rodean nos llevan a una ensoñación que nos gustaría vivir en nuestra rutina. Precisamente esas ganas de amar y sobre todo de ser amada, son las claves que empujan a la protagonista a maldecir su existencia una y otra vez, propiciando un fatal desenlace.

Un ciego marido que la cuida y le consiente sus caprichos, un amante que valora ante todo su libertad, otro que regala poesía con el fin de saciar sus instintos más primarios y una mujer con sueños frustados recubiertos de desazón por la vida. Son los ingredientes para que todos converjan creando un clima, a veces tenso por ser descubiertos, en el que el protagonista es el espectador por tener la potestad de creer conocer todos los recovecos de la historia.

Soprende ver a jóvenes entre el público sonrojarse ante la desnudez y cómo gusta la frivolidad de la infidelidad con tono de humor. Algunos asistentes se emocionaron, a otros no les gustó la adaptación del mítico libro pero sí consiguió el efecto de dejarnos divagando sobre ésta búsqueda de la felicidad. Pasarán siglos y siglos y por mucho que continuemos desarrolando nuestra complejidad, seguiremos cavilando cómo actuar hasta lograr la deseada perfección que nos conduce a la felicidad.

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