El modus operandi del poder

Viernes primaveral ocho y veinte de la tarde. La multitud se aglutina en las puertas del Gran Teatro de Córdoba para adentrarse en una obra que hace una meticulosa radiografía de la actualidad: el papel de los medios de comunicación, el peso de las empresas en la sociedad y hasta dónde se es capaz por ocultar un secreto. Un público tanto joven como maduro va tomando butacas y es a las ocho y medio cuando sube el telón. Comienza Subprime.

Ricardo Campelo, el director de la obra, presenta una historia cuyo escenario es una importante oficina. Varias pantallas conforman un elegante atrezzo con chaquetas, corbatas y unos teléfonos que no dejan de sonar. Los problemas personales se funden con el propio trabajo y es un vídeo que compromete al Presidente del Gobierno, el pistoletazo de salida de esta trama. Intentar que no salga a la luz, investigar sobre el dueño de la gasolinera quién posee el vídeo y solventar problemas de Estado, son algunos de los ingredientes de esta cuidada obra. Se palpa tensión en sus dos horas de acción con música que imita las palpitaciones, luces perfectamente controladas y una gran dinámica situada en la parte superior del escenario con unas enormes pantallas que nos dejan ver todo lo que ocurre alrededor de la historia.

Las nuevas tecnologías también juegan un papel muy destacado con videoconferencias y averiguaciones informáticas. La soberbia y codicia se personifica en Pep Munné, que interpreta al director de la empresa, que sin tapujos habla de la democratización de los medios de comunicación y cómo la envidia y el dinero son las herramientas básicas del poder. La lucha contra el sistema la lleva Federico Aguado que no se rinde por conseguir sus objetivos.

Como broche final, durante los merecidos aplausos, llegó la sorpresa por parte de uno de los actores, Daniel Huarte, al proponerle matrimonio a su chica en el escenario con la típica posición de rodillas en el suelo y con una gran emoción. Dejó un buen sabor de boca -por supuesto ella respondió que sí- y qué mejor lugar para un actor poder compartir su felicidad en su propio espacio.

Reflexión, risas y provocación se unen en una obra que no hace otra cosa que contar la verdad. Es un análisis de cómo se trabaja en el poder y cómo tratan temas importantes con suma banalidad manejando los hilos desde las alturas, actuando como unos titiriteros.

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