Encuentro fortuito

 Del asfalto madrileño se desprende una insoportable combustión que no invita, precisamente, a deambular de aquí para allá. Y en el Paseo de Recoletos, son pocos los que se atreven a exponerse a la cólera del astro, los únicos que aceptan el reto son los turistas ávidos por retratar cada surco que ofrece la capital. Pero cuando la temperatura no da tregua, la cultura les brinda un refugio muy cerca de ellos. Y es que en el número 23, en la sala de la Fundación Mapfre, encontramos toda una vida de un gran talento. Los transeúntes que buscaban un cobijo se agregan a los amantes de la fotografía para conocer la extensa labor de un quimérico que transformó una profesión. Es el momento de zambullirse en el mundo de Henri Cartier-Bresson y conocer su fascinante trayectoria.

Henri Cartier-Bresson (1908-2004) despuntó en cada trabajo por su intuición visual, su agudeza en la composición y sobre todo, por ser el genio que cautivaba los momentos más efímeros y relevadores. La muestra diferencia tres períodos distribuidos por dos plantas del edificio interconectadas por un ascensor. La primera comprende el intervalo de 1926 a 1935 cuando el artista simpatiza con el movimiento surrealista y realiza los primeros viajes. La etapa desde 1936 a 1946 refleja su compromiso político durante su labor en la prensa comunista y su incursión en el séptimo arte. La última fase abarca desde 1947 a 1970 cuando se convierte en cofundador de la cooperativa Magnum Photos junto a Bill Vandivert, Robert Capa, George Rodger y David Seymour. Se puede deducir, por tanto, que no puede ser encasillado únicamente como precursor del “momento decisivo” sino que todo lo que va experimentando durante aquellos años, va impregnando sus obras.

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Cámara digital Leica junto a la entrada de la exposición/Mar Morales

Testigo clave de nuestra historia con su leica bajo el brazo, el designado como “ojo del siglo”, retrata a través de quinientas obras tanto su universo más íntimo a través de cuadros y dibujos, como acontecimientos históricos. La evolución de sus tres ciclos se aprecia en una fotografía callejera que se va perfeccionando considerando la importancia de la composición hasta terminar en un arriesgado reporterismo gráfico. Todo ello fruto de una gran recopilación de miles de revelados de fotografías con una clara declaración de intenciones de la necesaria revisión de su obra. Los violentos episodios de París de 1934 o el asesinato de Gandhi bajo su objetivo. Una manera de retratar la crudeza de la guerra es a través de instantáneas de una España destruida, con una inquietante mirada de una andaluza vestida de luto que posa con un cuadro. Y como muchos sostienen, no hubo un único Cartier-Bresson y resulta complicado otorgarle una entidad estilística. En la parte final de este viaje histórico, se encuentran fragmentos audiovisuales de ficción y documentales que cuentan la repercusión del nazismo en los campos de concentración.

Aunque esté expuesta una amplia variedad de proyectos, la célebre fotografía del hombre suspendido sobre un charco, continúa acaparando todas las miradas. Una sombra movida en un entorno lleno de espesa niebla frente a la estación de Saint Denis, corta la respiración sintiendo que estás en el momento preciso, en lo que él denominaba Lo magique-circonstancielle. Se siente gran desasosiego frente al encuentro fortuito de dos casualidades independientes al mismo tiempo que te arrastra con una intensidad astral.

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